Tras haber huido de Estados Unidos, el legendario forajido Butch Cassidy murió en Bolivia en 1908, tiroteado junto a su amigo Sundance Kid. Esto es lo que dice la versión oficial.
Tras haber huido de Estados Unidos, el legendario forajido Butch Cassidy murió en Bolivia en 1908, tiroteado junto a su amigo Sundance Kid. Esto es lo que dice la versión oficial. Pero lo cierto es que ha pasado veinte años escondido y ahora quiere volver a casa. Sin embargo, pronto encontrará en su camino a un joven ingeniero español que acaba de robar la mina en la que trabajaba y que pertenece al empresario más importante de Bolivia.
Uno de los aspectos que más me atrae del western es que se trata de un género profundamente moral. En él, los personajes se enfrentan a la vida y sus grandes temas (la libertad, el compromiso y la lealtad, el valor, la traición, la propiedad y el dinero, la justicia, la amistad e incluso el amor) en condiciones muy puras, muy simples, por lo que las decisiones a las que deben enfrentarse los personajes resultan no sólo muy dramáticas, sino ejemplarizantes. ¿Qué más puede pedirse a una película, a cualquier obra dramática, que ayudarnos a mirar hacia nuestra propia vida y la manera de afrontarla?
Blackthorn vuelve sobre esos temas de una manera que parece reivindicar su vigencia, la pertinencia de esa mirada moral precisamente ahora que nuestro mundo, la sociedad que hemos construido, la considera obsoleta… Y por el hecho de abordarlos con clara consciencia de nuestro presente, su tono es inevitablemente nostálgico. En mi opinión, este es el principal atractivo de la propuesta, cuya trama podría definirse como una especie de canto del cisne. Su protagonista es un hombre mayor, cansado, solo, que por un breve momento antes del fin siente volver sus viejas ilusiones y energías, impulsado por quien cree la reencarnación del pasado, de sus antiguos amigos e ideales. Y este nuevo personaje, el joven ingeniero de minas que irónicamente procede de la vieja Europa, es quien le hace ver el futuro: un futuro donde los términos morales se confunden peligrosamente con el propio beneficio.