Sebastián, un delincuente de poca monta recién salido de prisión, decide buscar empleo en una pequeña empresa de Galicia, “Isolina, Productos del Mar”. Pero no por vocación desde luego, sino porque algo le dice que el dueño de la empresa, Regueira, no se ha pagado el Jaguar con cangrejos. Mediante una astucia, se hace amigo de un encargado, Raúl, y consigue que le contraten. Regueira se lo cree sólo a medias, pero comprueba muy rápidamente que aquel joven de dientes mellados tiene agallas y decide convertirlo en su ayudante. Poco a poco, Sebas cambia de aspecto, se gana ropa nueva, nuevos dientes y sobre todo la confianza de su jefe.
Ahora parece haber llegado a la cumbre - o casi. Pero, Sebastián, tan listo y tan despiadado, ignora que forma parte de un juego que le supera...
AGALLAS es una película llena de picaresca, de trampas mortales y de personajes sin escrúpulos. Aquí todo vale para subir a la cumbre. Todo. Aquí gana el más fuerte. Y el más fuerte, paradójicamente, es el que tiene más miedo... Cuando uno cree llegar a lo más alto, comprueba que siempre hay alguien más ágil, más ruin, más cruel. Ley de vida. AGALLAS ilustra esa ley con una historia trepidante llena de humor ácido y de sobresaltos inesperados.
AGALLAS también maneja el suspense con una maestría que recuerda a Sospechosos Habituales o a la película de Fabián Bielinsky, Nueve Reinas: al final descubrimos que hay alguien detrás de lo que no era más que un plan maquiavélico, que existe otra vuelta de tuerca. Son películas de las que salimos con la sensación de haber sido engañados por alguien más listo. Y eso es uno de los 105 grandes placeres del cine.
AGALLAS es cine de diversión, ingenioso y chispeante que disfrutamos sin complejos.
Trabajan juntos para encontrar la llave que libera las defensas de Voldemort y, para este fin, Dumbledore cuenta con su viejo amigo y colega, el sibarita, confiado e influyente profesor Horace Slughorn